Mozart, Beethoven, Bach. Son tantas las ocasiones en que los escucho, una y otra vez vuelvo a poner el cassette en la radio, ahora a todo volumen. El sonido estimula el recuerdo, trae la imagen del escenario, de las luces, el respetuoso silencio, mientras el pianista toca, conmovido, sumergido en su delirio, en su encuentro con Bach, cual médium lo llama, lo trae hasta nuestros asientos, allí en primera fila, mi padre y yo, cómplices de cada pulsación de los dedos en el teclado. Todos escuchan, embelesados, aquella magia que nos envuelve, que nos deja sumisos, entregados al único dueño de la escena: el hombre del piano.
En la última nota las manos se preparan, y el aplauso brota enorme, ruidoso. Mi padre me mira y sentencia: “Un día serás como él”. Yo asiento con la cabeza, pero miro mis dedos y los escondo, nervioso, sabiendo que ni las clases del conservatorio, ni las particulares a las que él me somete, me convertirán en el músico que imagina.
La radio suena increíble, a estas alturas alcanza el vértigo de Bach. Ya no estoy solo en la calle, se acercan algunas personas.
Detestaba aquel piano, que mi padre había comprado antes de mi nacimiento. “En una familia de músicos, tú debes ser el mejor”. Yo envidiaba a los demás niños, que tenían todo el tiempo para jugar. Nadie los obligaba a sentarse frente al mueble parlante, a tocar por horas hasta que los dedos dolían.
La música sigue con algunas notas oscuras. Reconozco cada sonido y comienzo a mover los dedos, tocando en el aire un piano de cola negro e invisible.
Aquella noche, hace años, cuando todos dormían. Salí con lo puesto y me llevé la radio. Al día siguiente estaba programado el concierto, yo al piano y mi padre ansioso. Caminar y seguir caminando, para no ser músico, para ser nadie, para cambiar el miedo a la vida por esta libertad que sólo transcurre.
La música llega a su fin, esa nota, lo sé, es la última. Mis dedos dejan de moverse.
Alguien se acerca y aplaude riéndose. “Toma hombre. Si parece que tocaras de verdad”.
Mis manos se alargan debajo del chaleco deshilachado y sucio, con mis delgados dedos recojo la moneda. “Que Dios le bendiga” murmuro, sin mirarlo, mientras agarro la radio para cruzar la calle y perderme entre la gente.
lunes, marzo 14, 2011
Kronos
“Tienes que llegar puntual”. Así había declarado el jefe, con la mirada intensa, con las ganas de que ese fuera el último de tus atrasos, con la indiferencia que escondía el deseo de no verte más, de poder contar por fin con la excusa para despedirte.
No podías darte el lujo de perder el trabajo; definitivamente, debías hacer algo. Caminaste hasta la cuadra siguiente y entraste decidido a comprar un reloj, mecánico, con pilas, con lucecitas, daba lo mismo cual, pagaste y te llevaste la pequeña caja en el bolsillo.
A la mañana siguiente llegaste a la hora exacta, ni un minuto más ni menos.
Comenzaste a planificar cada gesto con aquel compañero firmemente amarrado a tu muñeca, empezaste a contar cada segundo, a seguir con la vida de siempre, con los ritos habituales, pero ahora determinados y limitados por un tiempo para cada cosa, para cada palabra, cual obra de teatro en pequeños actos consecutivos, en un desarrollo perfecto.
El jefe ya no tenía oportunidad para eliminar tu nombre de la lista de empleados, por más que se empeñaba en desacreditarte, en tratar de impedir que alcanzaras las metas impuestas en los plazos que tú cumplías eficientemente, no resultaba. Al contrario, se hacía evidente tu buen desempeño, ahí estabas exacto, cuando otros no llegaban, cuando el jefe fue despedido.
Pasan los días y sigues enlazado al pequeño tirano, (piensas que la muerte es un reloj sin manos, un círculo vacío) te niegas a dejarlo, se convierte en un vicio necesario, en un artefacto indispensable. Sólo notas su pesada carga cuando te sientes desvalido porque no sabes si aún hay tiempo y entonces el pánico se desliza hasta tu mano para encontrar la respuesta, te reconcilias con la realidad, la sensación de pertenecer al mundo cotidiano y ordenado que has construido.
Todo bajo control, decías. Y seguías caminando con esa seguridad de entender el acontecer de cada minuto, cuando por reflejo de esa rutina, miraste la hora. Una vez, dos veces. Y el puntero seguía ahí, en el mismo lugar. Se apoderó de ti un terror creciente. No sabías que hacer, lo tomaste entre tus manos, moribundo lo guardaste en la caja, lo envolviste con papel de diario y amarraste con un cordel blanco. Saliste rápidamente con el ánimo de buscar la reparación anhelada.
Al cruzar por la plaza te encontraste conmigo. No nos habíamos visto desde el colegio, desde aquella vez cuando tú con cabello muy corto y anteojos, yo con trenzas y delantal.
Conversamos y reímos un largo rato entre niños y palomas. Y el tiempo se detuvo, se alargó enorme y tibio, cada minuto era un momento compartido y ajeno al ruido de la calle, no notábamos las personas conversando, los viejos taciturnos, todo éramos tu y yo en el centro de la vida que pasaba apresurada.
Nos fuimos caminando al café de la esquina, ese con muchas flores y ventanas. Y se quedó un paquete envuelto en papel de diario en el banco amarillo de la plaza. Cuando llegó la policía alertada por la gente que pensó aquello podía ser un explosivo, entonces me contaste.
Ahora tus ojos brillan cuando te ríes, como yo, porque no alcanzamos a tomar el bus, porque llegaremos tarde al cine.
No podías darte el lujo de perder el trabajo; definitivamente, debías hacer algo. Caminaste hasta la cuadra siguiente y entraste decidido a comprar un reloj, mecánico, con pilas, con lucecitas, daba lo mismo cual, pagaste y te llevaste la pequeña caja en el bolsillo.
A la mañana siguiente llegaste a la hora exacta, ni un minuto más ni menos.
Comenzaste a planificar cada gesto con aquel compañero firmemente amarrado a tu muñeca, empezaste a contar cada segundo, a seguir con la vida de siempre, con los ritos habituales, pero ahora determinados y limitados por un tiempo para cada cosa, para cada palabra, cual obra de teatro en pequeños actos consecutivos, en un desarrollo perfecto.
El jefe ya no tenía oportunidad para eliminar tu nombre de la lista de empleados, por más que se empeñaba en desacreditarte, en tratar de impedir que alcanzaras las metas impuestas en los plazos que tú cumplías eficientemente, no resultaba. Al contrario, se hacía evidente tu buen desempeño, ahí estabas exacto, cuando otros no llegaban, cuando el jefe fue despedido.
Pasan los días y sigues enlazado al pequeño tirano, (piensas que la muerte es un reloj sin manos, un círculo vacío) te niegas a dejarlo, se convierte en un vicio necesario, en un artefacto indispensable. Sólo notas su pesada carga cuando te sientes desvalido porque no sabes si aún hay tiempo y entonces el pánico se desliza hasta tu mano para encontrar la respuesta, te reconcilias con la realidad, la sensación de pertenecer al mundo cotidiano y ordenado que has construido.
Todo bajo control, decías. Y seguías caminando con esa seguridad de entender el acontecer de cada minuto, cuando por reflejo de esa rutina, miraste la hora. Una vez, dos veces. Y el puntero seguía ahí, en el mismo lugar. Se apoderó de ti un terror creciente. No sabías que hacer, lo tomaste entre tus manos, moribundo lo guardaste en la caja, lo envolviste con papel de diario y amarraste con un cordel blanco. Saliste rápidamente con el ánimo de buscar la reparación anhelada.
Al cruzar por la plaza te encontraste conmigo. No nos habíamos visto desde el colegio, desde aquella vez cuando tú con cabello muy corto y anteojos, yo con trenzas y delantal.
Conversamos y reímos un largo rato entre niños y palomas. Y el tiempo se detuvo, se alargó enorme y tibio, cada minuto era un momento compartido y ajeno al ruido de la calle, no notábamos las personas conversando, los viejos taciturnos, todo éramos tu y yo en el centro de la vida que pasaba apresurada.
Nos fuimos caminando al café de la esquina, ese con muchas flores y ventanas. Y se quedó un paquete envuelto en papel de diario en el banco amarillo de la plaza. Cuando llegó la policía alertada por la gente que pensó aquello podía ser un explosivo, entonces me contaste.
Ahora tus ojos brillan cuando te ríes, como yo, porque no alcanzamos a tomar el bus, porque llegaremos tarde al cine.
Extraviado
La noche cubre los cerros que florecen en cientos de luces dispersas. El silencio acompaña los pasos, subo cada peldaño buscando tus ojos. Me contaron que te vieron una tarde jugando a la pelota con unos niños, quizás encumbrando un volantín.
Estaba ansioso cuando subí en el ascensor. Escucharte de nuevo reír, ver que te asomas a la ventana entre sábanas blancas que cuelgan del borde. Saber por qué dejaste el puerto. Qué secreto guarda tu huida repentina. Las huellas quedan en lo profundo, dijiste.
El viento penetra mi abrigo, enciendo un cigarro frente a la luna que ha caído en el mar. Voces lejanas traen restos de pasado. Y por un instante, me parece que estás aquí, en cada rincón de esta ciudad descabellada, como tu vida y la mía. Entonces sigo buscándote en el laberinto de calles. Valparaíso es mágico, dijiste. Apago el cigarro y grito tu nombre.
Estaba ansioso cuando subí en el ascensor. Escucharte de nuevo reír, ver que te asomas a la ventana entre sábanas blancas que cuelgan del borde. Saber por qué dejaste el puerto. Qué secreto guarda tu huida repentina. Las huellas quedan en lo profundo, dijiste.
El viento penetra mi abrigo, enciendo un cigarro frente a la luna que ha caído en el mar. Voces lejanas traen restos de pasado. Y por un instante, me parece que estás aquí, en cada rincón de esta ciudad descabellada, como tu vida y la mía. Entonces sigo buscándote en el laberinto de calles. Valparaíso es mágico, dijiste. Apago el cigarro y grito tu nombre.
lunes, abril 27, 2009
Avión
Con una línea curva y larga aparece la letra juguetona y el lápiz sigue bailando, buscando lentamente la orilla del papel, hasta descansar exhausto en una esquina.
Los pequeños dedos doblan diestros la hoja con el mensaje y el avión de papel se extiende orgulloso sobre la mesa. Luego se eleva en amplio vuelo, atraviesa la ventana y cae en el jardín para que tú lo encuentres y sonrías cuando leas tanta inocencia, recuerdes entonces el asombro infantil, los ojos maravillados con la vida intensa y breve de esa nave que despegó de un pensamiento y aterrizó en tus manos adultas para enseñarte que hay momentos que resisten el paso del tiempo y te sonríen eternos.
Los pequeños dedos doblan diestros la hoja con el mensaje y el avión de papel se extiende orgulloso sobre la mesa. Luego se eleva en amplio vuelo, atraviesa la ventana y cae en el jardín para que tú lo encuentres y sonrías cuando leas tanta inocencia, recuerdes entonces el asombro infantil, los ojos maravillados con la vida intensa y breve de esa nave que despegó de un pensamiento y aterrizó en tus manos adultas para enseñarte que hay momentos que resisten el paso del tiempo y te sonríen eternos.
martes, febrero 24, 2009
TANGO TENGO
Un tango suena ahora como goteo melancólico de penas añejas.
Un rito masoquista éste de escuchar una y otra vez las canciones que envuelven mi espacio mental y decoran la habitación con el volumen a todo lo que da el aparato, que se pierde entre papeles y libros.
Cuesta encontrar un lápiz en este desorden habitual del que yo también formo parte, porque mis ideas se esconden entre recuerdos y hojas de papel escritas al azar, historias inconclusas desparramadas en los sillones de la memoria.
Tango de nuevo, electrónico y moderno, pero igual triste.
Balbucea una nota y entonces el lápiz sale de su escondite junto con las palabras, ahora es tango amoroso que hace danzar el pensamiento y recuerdo porqué escribo. Muere la rutina, comienza el baile.
Un tango suena ahora como goteo melancólico de penas añejas.
Un rito masoquista éste de escuchar una y otra vez las canciones que envuelven mi espacio mental y decoran la habitación con el volumen a todo lo que da el aparato, que se pierde entre papeles y libros.
Cuesta encontrar un lápiz en este desorden habitual del que yo también formo parte, porque mis ideas se esconden entre recuerdos y hojas de papel escritas al azar, historias inconclusas desparramadas en los sillones de la memoria.
Tango de nuevo, electrónico y moderno, pero igual triste.
Balbucea una nota y entonces el lápiz sale de su escondite junto con las palabras, ahora es tango amoroso que hace danzar el pensamiento y recuerdo porqué escribo. Muere la rutina, comienza el baile.
domingo, febrero 08, 2009
Cuento
AMISTAD CELESTIAL
Mi amiga es un ángel. Es una afirmación correcta. Y ella lo sabe ahora.
Y no es la razón el hecho de que todo se iluminara con su sonrisa, y cada cual encontrara lo mejor de sí para entregar en la reunión, el asado, la fiesta que parecía renacer cuando ella llegaba, siempre de improviso, pero en el momento exacto en que la necesitábamos. Considero aquí otras circunstancias, más profundas y extrañas tal vez. Me refiero a los acontecimientos, aquellos que me hicieron pensar en la descabellada, pero acertada idea de que no pertenece a este mundo.
Celeste, es su nombre (cual otro podría ser) y la conocí en el supermercado, aquel día que fui de compras con mi pequeño hijo.
Recorría los pasillos y estaba buscando en el sector de los pañales, cuando en un segundo mi bebé había desaparecido, su chupete estaba en el suelo, y mi desesperación comenzaba a salir por los poros, el corazón se agitaba, y escuchaba mi voz gritando su nombre. Corrí por todos lados sin parar, examinando los rincones donde un niño que apenas caminaba podría estar escondido, tirado, ¡ay, que dolor y miedo sentía! Todos me miraban como si estuviera loca, y quizás lo estaba, en aquel momento no podía pensar, sólo existía el instinto de madre asustada y no coordinaba racionalmente mis actos. Mi temor crecía con cada minuto que pasaba, empujaba a la gente que encontraba a mi paso, el lugar de pronto me parecía enorme y desconocido.
Lloraba cuando una voz amable preguntó: “¿Cuál es el nombre del niño?”. Se lo dije, y me encontré con los ojos de una mujer delgada que sonreía con sincero afecto. Ella se dio vuelta y lo llamó. Sorpresivamente, a su lado estaba mi hijo, que nos miraba feliz. Lo abracé mientras secaba mis lágrimas y agradecía con palabras entrecortadas, aquel encuentro.
Se convirtió en una gran amiga. A pesar de que Celeste vivía muy lejos de mi casa, nos veíamos con frecuencia. La presenté a mi grupo de familiares y conocidos que quedaron encantados con ella, con su aspecto juvenil, su energía para ayudar a todos por igual, en pequeños y grandes detalles.
Cuando mi vieja enfermó, allí estaba ella cuidándola, yo llegaba del trabajo y le agradecía. Compartíamos un café y conversábamos del acontecer diario. Me gustaba su compañía, me sentía feliz a su lado, ella provocaba una sensación de paz y refugio en esos días en que los demás sólo hablaban de medicamentos, hospitales y de la gravedad de la paciente.
En el funeral de mi madre estábamos todos, sin embargo la que más lloraba era Celeste. Muchos pensaron que era parte de la familia, y quizás lo era, porque la herencia de la casa en la playa fue para ella. Todos aceptamos felices aquella decisión e incluso cooperamos para trasladar los pocos muebles que poseía y que no iba a necesitar en aquella enorme propiedad que tenía comodidad de sobra.
Por varios años vivimos cada una por su lado, pero aquel día en que mi marido quedó sin trabajo, hasta el cuello de deudas, y conmigo embarazada por tercera vez, no dudé en pedir ayuda a mi amiga. A esas alturas, había convertido la casa en un hostal bastante elegante. Como siempre, nos tendió la mano y nos fuimos a vivir con ella, nos instalamos en las mejores habitaciones que tenían vista al mar.
Pronto Celeste puso a Roberto a cargo del restaurante a orillas de la playa, que prometía ser un buen negocio. Así fue, pues todo lo que ella planificaba, resultaba de maravillas.
Roberto que al principio no quería aceptar que Celeste era diferente, generosa y perfecta, terminó por entender que mi amiga era todo eso y más. Aprendió a quererla y decidió apoyarla en la administración y ampliación del lugar.
Con el pasar de los días, yo veía cómo se convertía en el alma más querida del sector, todos la saludaban, la visitaban. Los trabajadores, las señoras, los profesores del pueblo cercano, siempre estaban atentos de su bienestar. Incluso mis hijos la adoraban, jugaban con ella, construyendo castillos de arena o cantando canciones hasta el atardecer.
En su cumpleaños la casa se llenó de gente y música, regalos de todo tipo, un evento para ser recordado por generaciones. Yo callaba y entendía: “Lo que pasa es que es un ángel”. Y comencé a pensar en eso todo el resto del verano.
La observaba y me daba cuenta que su encanto no era normal, no podía haber alguien tan luminoso, tan lleno de bondad. Sus ojos me miraban con un afecto enorme, mientras escuchaba mis problemas y me daba consejos. Su rostro era hermoso, mezclaba rasgos de niña y mujer, su perfil podría haber sido inspiración para pintores renacentistas. Sus gestos eran elegantes, no delataban su origen humilde. Se desplazaba liviana y risueña y parecía una modelo de revista, lo que se ponía encima le quedaba bien, cualquier color o tela destacaban su figura esbelta.
Cuando ya no había mucha gente en la playa, porque el frío comenzaba y muchos emigraban de sus casas de verano, decidí ayudar a Celeste. Ella no era de este mundo, había que dejar que volviera con los suyos, allá donde deben estar los ángeles.
Quedamos en salir a pasear, le dije que tenía un gran problema que contarle y le pedí discreción, que no le dijera a nadie porque de lo contrario yo estaría metida en un gran lío.
Me junté con ella en el acantilado, hacía frío y caminamos abrazadas protegiéndonos del viento, nos alejamos buscando cobijo en las rocas más altas. Nos sentamos allí en la orilla, desafiando aquella altura increíble que nos separaba del mar ahí abajo. Conversamos fumando un cigarillo y reímos un rato. Entonces yo sentí que tenía que hacerlo y de pronto la empujé con toda la fuerza que pude. Estaba oscura esa noche, pero juraría que la vi volar hacia el mar. Levanté mi mano para despedirme. Nadie nos vio.
Esa mañana, todos notaron la ausencia de Celeste, aunque no se preocuparon demasiado, ya que a ella le gustaba recorrer a pie largas distancias, y pensaron que debía andar por ahí, con la bella sonrisa de siempre, buscando caracoles o jugando con los niños.
A los tres días, ya era colectiva la sensación de que algo debía haberle pasado.
Roberto y los demás salieron a buscarla. Yo observaba como corrían llamándola. Se desparramaban por la playa, deambulaban por la noche con linternas, un pequeño grupo que iba creciendo con nuevos curiosos que preguntaban, insistían en revisar cada rincón en camionetas o caminando, buscando lo imposible, la conexión de dos mundos opuestos.
Desanimados y confundidos, avisaron a la policía, que dio curso a una investigación, la gente del hostal y los amigos cercanos declaramos nuestra versión del último momento en que la vimos o escuchamos su voz cálida y amable. Yo recuerdo que lloré a mares y por supuesto omití el encuentro y los detalles sobrenaturales, nadie iba a creerlo, hasta a mí me costaba aceptar su partida.
Pasó un largo tiempo y al final la dieron por desaparecida.
Todos estaban tristes, nada era lo mismo sin la presencia de Celeste. El luto fue largo. En reuniones y festejos no faltaba el brindis en su nombre o el recuerdo melancólico con algún comentario emocionado y nostálgico.
Decidimos irnos del hermoso lugar cuando llegó el hermano de Celeste para hacerse cargo del negocio. Ya no tenía sentido seguir allí sin la dueña y amiga, además nuestra estabilidad económica era suficientemente sólida para volver a la urbe, con las ganancias adquiridas, podíamos cómodamente vivir con los niños en un buen sector del barrio alto de Santiago.
Terminé de empacar las últimas cosas y Roberto me llamó desde el auto, me detuve un momento para dar una mirada final a la casa, y pensé que echaría de menos a Celeste, pero no era así, estaba feliz de no verla más, porque mi querida amiga estaba lejos, allá con aquellos seres que al igual que ella, son ángeles, que no deben estar aquí con nosotros.
Mi amiga es un ángel. Es una afirmación correcta. Y ella lo sabe ahora.
Y no es la razón el hecho de que todo se iluminara con su sonrisa, y cada cual encontrara lo mejor de sí para entregar en la reunión, el asado, la fiesta que parecía renacer cuando ella llegaba, siempre de improviso, pero en el momento exacto en que la necesitábamos. Considero aquí otras circunstancias, más profundas y extrañas tal vez. Me refiero a los acontecimientos, aquellos que me hicieron pensar en la descabellada, pero acertada idea de que no pertenece a este mundo.
Celeste, es su nombre (cual otro podría ser) y la conocí en el supermercado, aquel día que fui de compras con mi pequeño hijo.
Recorría los pasillos y estaba buscando en el sector de los pañales, cuando en un segundo mi bebé había desaparecido, su chupete estaba en el suelo, y mi desesperación comenzaba a salir por los poros, el corazón se agitaba, y escuchaba mi voz gritando su nombre. Corrí por todos lados sin parar, examinando los rincones donde un niño que apenas caminaba podría estar escondido, tirado, ¡ay, que dolor y miedo sentía! Todos me miraban como si estuviera loca, y quizás lo estaba, en aquel momento no podía pensar, sólo existía el instinto de madre asustada y no coordinaba racionalmente mis actos. Mi temor crecía con cada minuto que pasaba, empujaba a la gente que encontraba a mi paso, el lugar de pronto me parecía enorme y desconocido.
Lloraba cuando una voz amable preguntó: “¿Cuál es el nombre del niño?”. Se lo dije, y me encontré con los ojos de una mujer delgada que sonreía con sincero afecto. Ella se dio vuelta y lo llamó. Sorpresivamente, a su lado estaba mi hijo, que nos miraba feliz. Lo abracé mientras secaba mis lágrimas y agradecía con palabras entrecortadas, aquel encuentro.
Se convirtió en una gran amiga. A pesar de que Celeste vivía muy lejos de mi casa, nos veíamos con frecuencia. La presenté a mi grupo de familiares y conocidos que quedaron encantados con ella, con su aspecto juvenil, su energía para ayudar a todos por igual, en pequeños y grandes detalles.
Cuando mi vieja enfermó, allí estaba ella cuidándola, yo llegaba del trabajo y le agradecía. Compartíamos un café y conversábamos del acontecer diario. Me gustaba su compañía, me sentía feliz a su lado, ella provocaba una sensación de paz y refugio en esos días en que los demás sólo hablaban de medicamentos, hospitales y de la gravedad de la paciente.
En el funeral de mi madre estábamos todos, sin embargo la que más lloraba era Celeste. Muchos pensaron que era parte de la familia, y quizás lo era, porque la herencia de la casa en la playa fue para ella. Todos aceptamos felices aquella decisión e incluso cooperamos para trasladar los pocos muebles que poseía y que no iba a necesitar en aquella enorme propiedad que tenía comodidad de sobra.
Por varios años vivimos cada una por su lado, pero aquel día en que mi marido quedó sin trabajo, hasta el cuello de deudas, y conmigo embarazada por tercera vez, no dudé en pedir ayuda a mi amiga. A esas alturas, había convertido la casa en un hostal bastante elegante. Como siempre, nos tendió la mano y nos fuimos a vivir con ella, nos instalamos en las mejores habitaciones que tenían vista al mar.
Pronto Celeste puso a Roberto a cargo del restaurante a orillas de la playa, que prometía ser un buen negocio. Así fue, pues todo lo que ella planificaba, resultaba de maravillas.
Roberto que al principio no quería aceptar que Celeste era diferente, generosa y perfecta, terminó por entender que mi amiga era todo eso y más. Aprendió a quererla y decidió apoyarla en la administración y ampliación del lugar.
Con el pasar de los días, yo veía cómo se convertía en el alma más querida del sector, todos la saludaban, la visitaban. Los trabajadores, las señoras, los profesores del pueblo cercano, siempre estaban atentos de su bienestar. Incluso mis hijos la adoraban, jugaban con ella, construyendo castillos de arena o cantando canciones hasta el atardecer.
En su cumpleaños la casa se llenó de gente y música, regalos de todo tipo, un evento para ser recordado por generaciones. Yo callaba y entendía: “Lo que pasa es que es un ángel”. Y comencé a pensar en eso todo el resto del verano.
La observaba y me daba cuenta que su encanto no era normal, no podía haber alguien tan luminoso, tan lleno de bondad. Sus ojos me miraban con un afecto enorme, mientras escuchaba mis problemas y me daba consejos. Su rostro era hermoso, mezclaba rasgos de niña y mujer, su perfil podría haber sido inspiración para pintores renacentistas. Sus gestos eran elegantes, no delataban su origen humilde. Se desplazaba liviana y risueña y parecía una modelo de revista, lo que se ponía encima le quedaba bien, cualquier color o tela destacaban su figura esbelta.
Cuando ya no había mucha gente en la playa, porque el frío comenzaba y muchos emigraban de sus casas de verano, decidí ayudar a Celeste. Ella no era de este mundo, había que dejar que volviera con los suyos, allá donde deben estar los ángeles.
Quedamos en salir a pasear, le dije que tenía un gran problema que contarle y le pedí discreción, que no le dijera a nadie porque de lo contrario yo estaría metida en un gran lío.
Me junté con ella en el acantilado, hacía frío y caminamos abrazadas protegiéndonos del viento, nos alejamos buscando cobijo en las rocas más altas. Nos sentamos allí en la orilla, desafiando aquella altura increíble que nos separaba del mar ahí abajo. Conversamos fumando un cigarillo y reímos un rato. Entonces yo sentí que tenía que hacerlo y de pronto la empujé con toda la fuerza que pude. Estaba oscura esa noche, pero juraría que la vi volar hacia el mar. Levanté mi mano para despedirme. Nadie nos vio.
Esa mañana, todos notaron la ausencia de Celeste, aunque no se preocuparon demasiado, ya que a ella le gustaba recorrer a pie largas distancias, y pensaron que debía andar por ahí, con la bella sonrisa de siempre, buscando caracoles o jugando con los niños.
A los tres días, ya era colectiva la sensación de que algo debía haberle pasado.
Roberto y los demás salieron a buscarla. Yo observaba como corrían llamándola. Se desparramaban por la playa, deambulaban por la noche con linternas, un pequeño grupo que iba creciendo con nuevos curiosos que preguntaban, insistían en revisar cada rincón en camionetas o caminando, buscando lo imposible, la conexión de dos mundos opuestos.
Desanimados y confundidos, avisaron a la policía, que dio curso a una investigación, la gente del hostal y los amigos cercanos declaramos nuestra versión del último momento en que la vimos o escuchamos su voz cálida y amable. Yo recuerdo que lloré a mares y por supuesto omití el encuentro y los detalles sobrenaturales, nadie iba a creerlo, hasta a mí me costaba aceptar su partida.
Pasó un largo tiempo y al final la dieron por desaparecida.
Todos estaban tristes, nada era lo mismo sin la presencia de Celeste. El luto fue largo. En reuniones y festejos no faltaba el brindis en su nombre o el recuerdo melancólico con algún comentario emocionado y nostálgico.
Decidimos irnos del hermoso lugar cuando llegó el hermano de Celeste para hacerse cargo del negocio. Ya no tenía sentido seguir allí sin la dueña y amiga, además nuestra estabilidad económica era suficientemente sólida para volver a la urbe, con las ganancias adquiridas, podíamos cómodamente vivir con los niños en un buen sector del barrio alto de Santiago.
Terminé de empacar las últimas cosas y Roberto me llamó desde el auto, me detuve un momento para dar una mirada final a la casa, y pensé que echaría de menos a Celeste, pero no era así, estaba feliz de no verla más, porque mi querida amiga estaba lejos, allá con aquellos seres que al igual que ella, son ángeles, que no deben estar aquí con nosotros.
miércoles, diciembre 03, 2008
El Mago

Representa la conciencia de sí mismo, la acción, la creación.
Es el poder de la voluntad unificada y orientada a objetivos. La energía es canalizada, liberando el poder creativo del espíritu (mano en alto, la otra hacia abajo) atrayendo la energía y convirtiéndola en realidad. Y luego de liberar esta energía, nos abrimos para recibir un caudal nuevo. Cuando esto no pasa, la energía se contiene y deriva en depresión, en angustia.
El Mago es un canal, un médium, un chamán que posee los poderes de los 4 elementos del tarot, o sea es capaz de mover montañas.
La Luna
domingo, noviembre 16, 2008
Cuento
VESTIDURA NEGRA
Mi abuela era distinta, excéntrica diría. Le gustaba aquello que desagradaba y asustaba al resto. Lo confirmé con asombro cuando encontré este manuscrito entre sus cosas, en una libreta negra y pequeña, esa mañana que decidí limpiar y renovar la antigua casa de la familia, ahora abandonada y vacía.
Está escrito con letra diminuta y clara que leo de nuevo:
“Salir vestida de negro. Más de alguno me preguntaba si pertenecía a tribu urbana, secta o algo similar. Pero era resultado del azar que se descolgaba de mi ropero regalado. De esos chalecos y chaquetas, pantalones y otras prendas heredadas, oscuridad que fue desechada por otras que por fin reemplazaron el negro por colores nuevos y diversos, entregándome esas sobras que yo usaba con poca o mucha elegancia, dependiendo de la ocasión.
Me miraba al espejo para recrear a esa bruja lejana o aquella viuda desconsolada que todos esperan ver un día. Confieso que era un luto cómodo y práctico, no perdía tiempo en combinar colores, en elegir nada que fuera con la estación, sólo era una sombra que se desplazaba entre luces tibias.
Adoraba lo distinto, quizás distraía mi rutina. Decían que era extraña porque me gustaba unirme al gentío de los funerales, pasar desapercibida y observar el dolor ajeno. El de esa tarde era impresionante, me pregunto si toda esa gente amaba al difunto o sólo estaban ahí por un interés social de aparecer en tal magno evento. Como sea, me detuve a descansar cuando todos se iban, ¿recuerdas? el pasto para sentir la caricia verde y suave.
Te conocí en ese lugar, estirada en el suelo frente al cielo abierto y azul como tus ojos, esa transparente tristeza que me intrigó desde el principio.
Un hombre joven, de aspecto común, pero el gesto y tus pupilas te delataban, una mirada antigua era la tuya, mucho más vieja que los años que llevabas encima. Tu conversación recogía las vivencias y el conocimiento acumulado en largos viajes por el mundo. Parecías saberlo todo, conocer bien la naturaleza humana. Eras quizás, más extraño que yo”.
Me detengo aquí para observar la fotografía de la página siguiente. Pegada con cinta adhesiva sobrevive la imagen de ella, joven, sentada en un prado verde y liso. Delgada y pequeña, su cabello negro se confunde con su ropa. Imagino que él tomó la fotografía, porque luce alegre, sus ojos brillan mirando al otro que está al frente, a quien saluda con el gesto de su mano.
“Nos seguimos viendo. Durante largo tiempo asistíamos a todo tipo de despedidas fúnebres, emotivas algunas, solitarias otras, pero todas reclamándole a la muerte por el dolor de la separación definitiva. Así conocimos cementerios diversos: elegantes, pequeños, enormes, rurales.
Íbamos incluso cuando llovía, seguíamos impávidos por los charcos de agua la hilera de figuras negras que avanzaban lentamente, retrasando el momento de la llegada a la meta ineludible, con el dolor escondido entre los ramitos de flores mojadas.
Tú observabas como yo los rostros serios y cansados, algún lloriqueo desanimado y falso, alguna mirada triste y sincera, los murmullos que se confundían en el silencio de la tarde húmeda.
Escuchábamos los discursos de rigor, de amigos que improvisaban palabras gloriosas y describían la bondad y perfección del difunto, de parientes cercanos y dolidos que no alcanzaban a terminar de hablar interrumpidos por un llanto pegajoso e histérico.
Nunca nos preguntaron quienes éramos, estaban todos abstraídos en sus propios pensamientos acerca de la muerte o la vida, nadie quería realmente estar ahí, de frente a lo inevitable.
A la salida del cementerio caminábamos de la mano cobijados por el paraguas que tú llevabas con elegancia, conversábamos animadamente y tomábamos el bus de vuelta a la realidad cotidiana, ajena al delirio del cortejo que huía desparramándose entre automóviles apresurados”.
De pronto recuerdo la leyenda familiar. Mi madre que creía que su suegra era más que extraña, y nos advertía para que no pasáramos mucho tiempo con ella. Pero eso era imposible, porque la abuela era entretenida, poseía una energía que hacía olvidar que ya no era joven, su pasión por la vida, su extraña manera de vestir, su actitud irreverente frente a lo establecido nos fascinaba y en nuestra infancia era una persona mágica, irrepetible. La nostalgia me atrapa por un rato, voy juntando los trozos de ayer y la imaginación hace el resto, de nuevo leo ahora con asombro infantil, descubriendo en cada letra este pasado, secreto que nunca contaste.
“Creo que te quería, pero nunca supe que sentimiento guardabas para mí. No importaba, si estabas cerca, eso bastaba.
No me dijiste en que trabajabas ni donde vivías, a lo mejor ese misterio que te rodeaba era lo que más me atraía, el desafío de ir descubriéndote, de tratar de encontrar el arcano del cofre, buscar sin mapa el tesoro que custodiabas.
Me dijeron que me alejara de ti, que estabas maldito, que siempre había alguien que moría cuando tú llegabas, que atraías las desgracias.
Quizás lo decían por aquella vez, de vuelta a casa, cuando un choque bloqueaba el camino, las ambulancias recogían heridos y la gente corría confundida. Te quedaste ahí, hipnotizado por la situación, mirando conmigo entre el grupo de curiosos, escuchando cada frase apurada y cargada de desesperación de los amigos y familiares de las víctimas. Observabas a cada uno como si los conocieras, pero nadie se acercaba o te reconocía, sólo yo te veía en ese momento, tratando de adivinar que sensaciones te invadían.
Recuerdo también ese día en la playa, te levantaste de pronto para correr lejos de la toalla hacia el mar, yo te seguí. La espuma llegaba a la orilla junto al salvavidas y el ahogado.
Entonces los amigos corrieron el rumor. Que de algún modo sabías antes, que no había que estar contigo, eras peligroso”.
Aquí hay un recorte de diario, extiendo el papel doblado, gastado y amarillo: “Bus impactó a camioneta en esquina…” siguen datos del accidente y una foto que muestra a mi abuela, testigo en el lugar. Detrás se alcanza a ver un hombre, pero no se ve el rostro, porque la imagen sólo la encuadra a ella. ¿Sería él?
“Sin embargo, nunca me pasó nada malo a tu lado. Me sentía protegida con tus abrazos, a pesar de que eras frío y distante con todos, conmigo lograbas demostrar un afecto que te era inusual y desconocido. Acaso esa fue la razón que logró alejarte, el miedo a reconocer que yo podía robar una sonrisa a toda esa soledad que consumía tu existencia.
No te vi más en años. No supe nada de tu vida, quizás por un tiempo esperé una carta o una postal, pero finalmente mi historia siguió escribiéndose sin ti, entre fracasos y aciertos continuó mi existencia.
Y ahora que estás aquí, frente a mi cama, lo entiendo todo.
¿Reconoces mi rostro debajo de las arrugas? porque tú sigues igual de joven, eres el mismo de aquella primera vez bajo el sol, sobre el césped. Pero tus ojos son aun más ancianos que los míos.
Apareces justo ahora, cuando esta enfermedad que me carcome me arrancará la vida en poco tiempo. Me gustaría estar sana para salir contigo, pero parece que ésta vez serán otros los que se vestirán de negro para mí.
Igual me alegra verte por última vez.
Eres un regalo que no esperaba merecer en este día. Por lo demás es tu oficio, tú marcas el momento de la despedida ¿no es así?
No te pongas triste, ya sé que te vas a quedar solo, pero lo has estado por siglos. Quizás un día encuentres a alguien como yo, que te entienda, en un futuro que ya no existirá para mí y que será tu presente infinito. Sólo nos queda este pequeño instante”.
Las páginas siguientes están vacías, reviso la libreta y no encuentro nada más, la guardo entre mis manos y cierro los ojos para alcanzar esa noche que nos dejó a todos sorprendidos por la hermosa sonrisa que seguía adornando su rostro, mientras nosotros llorábamos su ausencia, y un hombre joven y triste que no conocíamos dejaba un clavel blanco a su lado, para luego alejarse sin decir nada, como había llegado, con ese silencio que cubría todo cuando llegaba.
Mi abuela era distinta, excéntrica diría. Le gustaba aquello que desagradaba y asustaba al resto. Lo confirmé con asombro cuando encontré este manuscrito entre sus cosas, en una libreta negra y pequeña, esa mañana que decidí limpiar y renovar la antigua casa de la familia, ahora abandonada y vacía.
Está escrito con letra diminuta y clara que leo de nuevo:
“Salir vestida de negro. Más de alguno me preguntaba si pertenecía a tribu urbana, secta o algo similar. Pero era resultado del azar que se descolgaba de mi ropero regalado. De esos chalecos y chaquetas, pantalones y otras prendas heredadas, oscuridad que fue desechada por otras que por fin reemplazaron el negro por colores nuevos y diversos, entregándome esas sobras que yo usaba con poca o mucha elegancia, dependiendo de la ocasión.
Me miraba al espejo para recrear a esa bruja lejana o aquella viuda desconsolada que todos esperan ver un día. Confieso que era un luto cómodo y práctico, no perdía tiempo en combinar colores, en elegir nada que fuera con la estación, sólo era una sombra que se desplazaba entre luces tibias.
Adoraba lo distinto, quizás distraía mi rutina. Decían que era extraña porque me gustaba unirme al gentío de los funerales, pasar desapercibida y observar el dolor ajeno. El de esa tarde era impresionante, me pregunto si toda esa gente amaba al difunto o sólo estaban ahí por un interés social de aparecer en tal magno evento. Como sea, me detuve a descansar cuando todos se iban, ¿recuerdas? el pasto para sentir la caricia verde y suave.
Te conocí en ese lugar, estirada en el suelo frente al cielo abierto y azul como tus ojos, esa transparente tristeza que me intrigó desde el principio.
Un hombre joven, de aspecto común, pero el gesto y tus pupilas te delataban, una mirada antigua era la tuya, mucho más vieja que los años que llevabas encima. Tu conversación recogía las vivencias y el conocimiento acumulado en largos viajes por el mundo. Parecías saberlo todo, conocer bien la naturaleza humana. Eras quizás, más extraño que yo”.
Me detengo aquí para observar la fotografía de la página siguiente. Pegada con cinta adhesiva sobrevive la imagen de ella, joven, sentada en un prado verde y liso. Delgada y pequeña, su cabello negro se confunde con su ropa. Imagino que él tomó la fotografía, porque luce alegre, sus ojos brillan mirando al otro que está al frente, a quien saluda con el gesto de su mano.
“Nos seguimos viendo. Durante largo tiempo asistíamos a todo tipo de despedidas fúnebres, emotivas algunas, solitarias otras, pero todas reclamándole a la muerte por el dolor de la separación definitiva. Así conocimos cementerios diversos: elegantes, pequeños, enormes, rurales.
Íbamos incluso cuando llovía, seguíamos impávidos por los charcos de agua la hilera de figuras negras que avanzaban lentamente, retrasando el momento de la llegada a la meta ineludible, con el dolor escondido entre los ramitos de flores mojadas.
Tú observabas como yo los rostros serios y cansados, algún lloriqueo desanimado y falso, alguna mirada triste y sincera, los murmullos que se confundían en el silencio de la tarde húmeda.
Escuchábamos los discursos de rigor, de amigos que improvisaban palabras gloriosas y describían la bondad y perfección del difunto, de parientes cercanos y dolidos que no alcanzaban a terminar de hablar interrumpidos por un llanto pegajoso e histérico.
Nunca nos preguntaron quienes éramos, estaban todos abstraídos en sus propios pensamientos acerca de la muerte o la vida, nadie quería realmente estar ahí, de frente a lo inevitable.
A la salida del cementerio caminábamos de la mano cobijados por el paraguas que tú llevabas con elegancia, conversábamos animadamente y tomábamos el bus de vuelta a la realidad cotidiana, ajena al delirio del cortejo que huía desparramándose entre automóviles apresurados”.
De pronto recuerdo la leyenda familiar. Mi madre que creía que su suegra era más que extraña, y nos advertía para que no pasáramos mucho tiempo con ella. Pero eso era imposible, porque la abuela era entretenida, poseía una energía que hacía olvidar que ya no era joven, su pasión por la vida, su extraña manera de vestir, su actitud irreverente frente a lo establecido nos fascinaba y en nuestra infancia era una persona mágica, irrepetible. La nostalgia me atrapa por un rato, voy juntando los trozos de ayer y la imaginación hace el resto, de nuevo leo ahora con asombro infantil, descubriendo en cada letra este pasado, secreto que nunca contaste.
“Creo que te quería, pero nunca supe que sentimiento guardabas para mí. No importaba, si estabas cerca, eso bastaba.
No me dijiste en que trabajabas ni donde vivías, a lo mejor ese misterio que te rodeaba era lo que más me atraía, el desafío de ir descubriéndote, de tratar de encontrar el arcano del cofre, buscar sin mapa el tesoro que custodiabas.
Me dijeron que me alejara de ti, que estabas maldito, que siempre había alguien que moría cuando tú llegabas, que atraías las desgracias.
Quizás lo decían por aquella vez, de vuelta a casa, cuando un choque bloqueaba el camino, las ambulancias recogían heridos y la gente corría confundida. Te quedaste ahí, hipnotizado por la situación, mirando conmigo entre el grupo de curiosos, escuchando cada frase apurada y cargada de desesperación de los amigos y familiares de las víctimas. Observabas a cada uno como si los conocieras, pero nadie se acercaba o te reconocía, sólo yo te veía en ese momento, tratando de adivinar que sensaciones te invadían.
Recuerdo también ese día en la playa, te levantaste de pronto para correr lejos de la toalla hacia el mar, yo te seguí. La espuma llegaba a la orilla junto al salvavidas y el ahogado.
Entonces los amigos corrieron el rumor. Que de algún modo sabías antes, que no había que estar contigo, eras peligroso”.
Aquí hay un recorte de diario, extiendo el papel doblado, gastado y amarillo: “Bus impactó a camioneta en esquina…” siguen datos del accidente y una foto que muestra a mi abuela, testigo en el lugar. Detrás se alcanza a ver un hombre, pero no se ve el rostro, porque la imagen sólo la encuadra a ella. ¿Sería él?
“Sin embargo, nunca me pasó nada malo a tu lado. Me sentía protegida con tus abrazos, a pesar de que eras frío y distante con todos, conmigo lograbas demostrar un afecto que te era inusual y desconocido. Acaso esa fue la razón que logró alejarte, el miedo a reconocer que yo podía robar una sonrisa a toda esa soledad que consumía tu existencia.
No te vi más en años. No supe nada de tu vida, quizás por un tiempo esperé una carta o una postal, pero finalmente mi historia siguió escribiéndose sin ti, entre fracasos y aciertos continuó mi existencia.
Y ahora que estás aquí, frente a mi cama, lo entiendo todo.
¿Reconoces mi rostro debajo de las arrugas? porque tú sigues igual de joven, eres el mismo de aquella primera vez bajo el sol, sobre el césped. Pero tus ojos son aun más ancianos que los míos.
Apareces justo ahora, cuando esta enfermedad que me carcome me arrancará la vida en poco tiempo. Me gustaría estar sana para salir contigo, pero parece que ésta vez serán otros los que se vestirán de negro para mí.
Igual me alegra verte por última vez.
Eres un regalo que no esperaba merecer en este día. Por lo demás es tu oficio, tú marcas el momento de la despedida ¿no es así?
No te pongas triste, ya sé que te vas a quedar solo, pero lo has estado por siglos. Quizás un día encuentres a alguien como yo, que te entienda, en un futuro que ya no existirá para mí y que será tu presente infinito. Sólo nos queda este pequeño instante”.
Las páginas siguientes están vacías, reviso la libreta y no encuentro nada más, la guardo entre mis manos y cierro los ojos para alcanzar esa noche que nos dejó a todos sorprendidos por la hermosa sonrisa que seguía adornando su rostro, mientras nosotros llorábamos su ausencia, y un hombre joven y triste que no conocíamos dejaba un clavel blanco a su lado, para luego alejarse sin decir nada, como había llegado, con ese silencio que cubría todo cuando llegaba.
martes, octubre 14, 2008
Relato
VOLTERETA
El silencio apareció de pronto, como un rayo destruyó cada palabra, desde ese momento las ideas quedaron mudas, escondidas.
El silencio cubrió todo, desde la puerta hasta el patio. Entonces los días avanzaron tranquilos, inertes de preguntas.
Ella se acercaba a la ventana, él leía el diario. Se despedían con un beso y partían al trabajo. Por la noche se observaban por un instante eterno y vacío, cerraban los ojos y dormían cada uno su propio sueño.
Hasta que un día, cansados de esa paz melancólica y carente de energía, ambos se encontraron casualmente en el pasillo, él con su maleta y ella con su enorme bolso.
Frente a frente se miraron con desprecio y con una sola voz dijeron: “Me voy”.
Y ahí el silencio salió volando. Las ideas se apuraban por huir de las bocas en frases anhelantes, despiadadas, plenas de resentimientos pasados, de reproches, de anhelos, de dudas. De los ojos caían lágrimas retenidas en recuerdos taciturnos.
El alivio les lavó la cara, se sintieron cansados, despojados de memorias.
Ella se sentó en el piso. El acercó la mano a su rostro con una caricia conocida. Se abrazaron.
El silencio apareció de pronto, como un rayo destruyó cada palabra, desde ese momento las ideas quedaron mudas, escondidas.
El silencio cubrió todo, desde la puerta hasta el patio. Entonces los días avanzaron tranquilos, inertes de preguntas.
Ella se acercaba a la ventana, él leía el diario. Se despedían con un beso y partían al trabajo. Por la noche se observaban por un instante eterno y vacío, cerraban los ojos y dormían cada uno su propio sueño.
Hasta que un día, cansados de esa paz melancólica y carente de energía, ambos se encontraron casualmente en el pasillo, él con su maleta y ella con su enorme bolso.
Frente a frente se miraron con desprecio y con una sola voz dijeron: “Me voy”.
Y ahí el silencio salió volando. Las ideas se apuraban por huir de las bocas en frases anhelantes, despiadadas, plenas de resentimientos pasados, de reproches, de anhelos, de dudas. De los ojos caían lágrimas retenidas en recuerdos taciturnos.
El alivio les lavó la cara, se sintieron cansados, despojados de memorias.
Ella se sentó en el piso. El acercó la mano a su rostro con una caricia conocida. Se abrazaron.
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